(Poemas) Adamantas en el viento, de Kharim Socorro
Más que viento, este libro es un torbellino de descripciones, un compendio de sensaciones adyacentes, un instante diverso cantado por una sola voz. Esa experiencia vital circular y omnipresente roza lo inenarrable ¿O tal vez no y estamos ante la evidencia fehaciente? Probablemente ambas cosas al mismo tiempo, gracias a la magia de la metáfora. Como la misma poetisa lo dice: “No hay palabras /se transformaron /en estrellas”
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“Adamantas en el viento” es un libro con vocación de totalidad. En estas páginas, Kharim Socorro busca retratar una experiencia vital honda, en la cual la voz poética pretende conocerse y reconocerse, pero también dialogar. Al hacerlo, el lector encuentra interrogantes esenciales: ¿Quién es ese “tú” al que alude la voz poética? ¿Quién es esa segunda persona, siempre silenciosa y casi omnipresente? Puede ser cualquiera, y de hecho me atrevo a pensar que lo es: somos todos. De alguna manera esa alteridad difusa, se nutre de cada uno que lee, lo que permite un mensaje múltiple y cambiante, pero no por ello menos franco.
En este poemario abundan temas que se encadenan y se entretejen. Esto sirve para varios propósitos. En primer lugar, permite un calco y una comunicación entre el presente y el pasado entre lo real y lo imaginario. Por ejemplo: “Mi piel desértica te absorbe / recorre curvas /pegadas a tu cuerpo /desgarra gotas en la oscuridad / Me muevo en tiempos difusos /siento cada susurro /pero no estás / Es el despertar /aunque la nada /se vuelva mi sombra” Es difícil, casi imposible, verificar las fronteras entre las diversas propuestas que recorren un texto tan breve. Pero la vida misma es así. Y justamente de eso se trata: de retratarla en todas sus posibles vertientes.
De esta manera, directa y sin apenas transiciones, la escritora deja claro que hay una sola voz, enunciando una cotidianidad. Es un solo momento de otear el mundo, la conciencia y la alteridad, con todas las consecuencias que esa alteridad pueda aparejar. Es decir, es cierto el instante y cierta la expresión, aunque el lenguaje parezca insuficiente. Otros textos lo reafirman: “Mis insomnios suavizan / los egos / desvisten paraulatas / Y corro / Abrigo las puertas /escondiéndome en las hormigas / que tejen mi rostro / mientras las libélulas / trenzan amarguras / en caminos que callan historias / de quien soy y no fui”
En segundo lugar, la posibilidad de recrear lo múltiple de la existencia. Página tras página el lector se va encontrando con ese sutil juego de interpretaciones posibles, deliberadamente yuxtapuestas y transparentadas. Por ejemplo, es lo que vemos en textos como éste: “Palpitaciones transgreden / mis plumas / miran los capullos de sombras /donde los relámpagos caducan” ¿De cuáles plumas se habla aquí, de las del ave o es la pluma como metáfora de la escritura? ¿O serán ambas? ¿O es un pájaro el que habla? ¿O es un pájaro el que escribe? Acaso sea una combinación de todas las posibilidades anteriores porque la poetisa sabe aprovechar la plasticidad del lenguaje para jugar con sus diferentes significados, pero también con el silencio y con lo que se sugiere.
La autora nos describe un juego de significaciones simultaneas que trascienden la mera experiencia personal para desplazarse a lo sintáctico. Un texto como éste nos lo muestra: “Si hoy / camino al revés / es porque tu esencia / se disminuye en mi paladar /obligándome a zozobrar / a caminar con mis manos / y buscar esa tierra húmeda / de tu mirada perdida”. Vemos como la palabra poética nos interroga desde su esplendor y precisamente gracias a él. ¿Es una elegia o una balada? ¿A quién se le dirige este texto y por qué la poetisa describe de esa manera? A primera lectura no se sabe. Se requiere participar en la experiencia narrada mas de una vez y escoger las posibilidades interpretativas que mejor resuenen en la consciencia de cada uno. El plural no es casual. Cada uno de estos textos proporciona se puede instalar una multiplicidad de interpretaciones, con igual poder de convocatoria.
Se trata, y vale la pena insistir en ello, en una cadena de sensaciones adyacentes, que se encadenan el mismo fluir del ser, de ese fluir que se derrama sobre el verbo y lo convierte en un retrato múltiple y complejo pero exacto.
Y, en tercer lugar, el peso transfigurado de lo circunstante. Si realmente se quiere encontrar la totalidad, es necesario que el yo trascienda sus propios linderos y se asome a lo que yace afuera, más lejos. Eso pone al yo poético frente a preferencias ineludibles. Por eso mismo, no es casual que en “Adamantas en el viento”, la naturaleza sea testigo y referencia. Los elementos y el entorno físico ya se nos anuncian desde el eólico título, pero van más allá y se convierten en una presencia continua a lo largo del poemario. La naturaleza y el ser se funden en un mismo fluir, lo externo deja de ser un simple entorno para aportar un peso decisivo a lo que se describe.
Es como si el yo poético quisiera tomar a ese interlocutor al que siempre se dirige y mostrarle algo indudable, de modo que la experiencia que se relata abarque la subjetividad de la escritura pero que también se ancle a lo tangible, de modo que haya una solidez, la veracidad, lo indudable. Esto genera un contraste que no puede pasar desapercibido: si bien esa segunda persona con quien la voz poética dialoga es etérea e imprecisa, la naturaleza que se describe no lo es. Y ésa es su verdadera función, mucho más ontológica que de simple marco ornamental. Lo vemos, por ejemplo, en un texto como el siguiente: “Pájaro pisador de orillas /sucumbes a las olas /que lamen la arena / devastas el vaivén del viento / saboreas el salitre /Me traes noticias /de la tempestad / Yo gota insepulta / te espero en olvidos”
Allí está la poesía como testimonio de ese transitar vital que abarca diversos mundos, no solamente el mundo de quien escribe sino también el de cada uno de los que asisten a través de la lectura, a esa revelación. Así nos lo revela este fragmento: “Alguien ocupa mi sombra / ella escucha las bisagras / del ropaje de madera / Los gladiolos / detienen mi paso / Sin vuelta atrás / me esperan”. El yo poético, esa tercera persona fantasmal que se condensa en un “ella” indeciso y los gladiolos que se muestran al final del texto devienen una continuidad. Se imbrican, porque después de todo el ser humano es uno con su contexto. Existimos en un tiempo finito en un espacio limitado. Sin embargo, el arte se nos presenta como la única posibilidad para trascender esa finitud.
En fin, con un texto como “Adamantas en el viento” no queda más que la experiencia. Hay que zambullirse en sus páginas para adherirse a los múltiples matices que cada palabra transporta. De eso se trata. Más que viento, este libro es un torbellino de descripciones, un compendio de sensaciones adyacentes, un instante diverso cantado por una sola voz. Esa experiencia vital circular y omnipresente roza lo inenarrable ¿O tal vez no y estamos ante la evidencia fehaciente? Probablemente ambas cosas al mismo tiempo, gracias a la magia de la metáfora. Como la misma poetisa lo dice: “No hay palabras /se transformaron /en estrellas”
Alberto Quero
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